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De bebidas y poetas

Supongo que a muchos alguna vez nos dijeron “no hables con extraños.” Nunca nos dijeron que hay extraños que resultan ser personas interesantes.
 
Ayer visité a un amigo para ver un juego de hockey y mirar su nueva adquisición, una Roomba, limpiar su piso. En corto, los Canadiens de Montreal ganaron 6:2 contra los Senators de Ottawa y la Roomba es genial. Dado que es fan de los Canadiens, sacó una botella de tequila, otra de vodka y una tercera de un destilado de hierbas regionales y miel que compró en Yucatán. Cabe mencionar que la tercera sabía muy bien. Entre pláticas salió el tema de su viaje a México y de cómo terminó con las copas puestas después de degustar varios tequilas en una tienda. Pero de no haberlo hecho hubiera traído tequila blanco de regreso.
 
Terminamos tarde y tomé el penúltimo autobús de regreso a mi casa. Por norma, los locos salen de noche, pero esta vez no fue el caso.
 
Estaba yo muy tranquilo esperando el autobús, cuando una mujer alrededor de sus cuarenta, con cigarro en mano se acercó y me dijo algo. No escuché, entonces me quité los audífonos y le pedí que repitiera lo que dijo.
 
- Êtes-vous allé au cinéma? - me preguntó.
 
- Non. 
 
- Je viens du cinéma, j’ai vu “Monsieur Lazhar.” C’est un bon film.
 
- Au cinéma du coin? Je ne connais pas, mais hier je suis aller voir “The Muppets.”
 
- Oui, juste là. - dijo apuntando al cine que está a la vuelta - The Muppets? Avez-vous d’enfants?
 
- Non, non, mais plusiers personnes m’ont dit que c’est un bon film. Alors, j’y suis allé.
 
- Vous seul?

- Oui, moi seul. Ma copine est partie, mes amis ont déjà vu le film et j’avais très envie de le voir.

Después dije algo que no recuerdo y me confindí con la pronunciación. Fue entonces cuando me preguntó si hablo inglés o francés. Le contesté que hablo inglés, pero que estoy intentando practicar mi francés cuando puedo.

Me contó que ha tenido tres relaciones, todas en francés y con finales tristes; no quería hablarlo más. Cambió a inglés.

Continuamos platicando sobre películas y le dije que estoy buscando algo nuevo para ver. Terminó recomendándome tres: “Awakenings”, “Shame” y “The Descendants.” Las anoté para no olvidarlas.

Subimos al autobús y seguimos charlando, pero poco porque bajaba pronto. Me preguntó mi nombre y ocupación. Ella se presentó como Lydia Lockett, una poeta de jazz. Nunca había conocido a una poeta de jazz. Me dio su dirección de correo antes de bajar para informarme de algún show en el futuro, pues le comenté que me gustaría escuchar uno. Se despidió deséandome un feliz año nuevo.

Ahora tengo algo más que agregar a mi lista de cubeta. ¿Qué es una lista de cubeta? Es simplemente una lista de cosas que quiero hacer; el origen del nombre es otra historia.

El tlacololero

Tengo una fotografía de un tlacolorero que tomé hace algunos años. Es una de mis favoritas, y como todas mis fotos, esta tiene una historia. Su historia comienza cinco años atrás.
 
Como todos los años, el Paseo del Pendón se celebraba en Chilpancingo, y fui invitado a verlo desde la casa de un conocido que está justo en la ruta del desfile.
 
Primero comimos. Había mole, arroz, guacamole, tortillas y unas cervezas para ayudarle a todo eso a pasar. Fue una delicia.

Después de comer, pusimos algunas sillas en la banqueta y nos sentamos a mirar las danzas. Mientras tanto, Felicidad le hacía honor a su nombre mientras reía y bailaba con los danzantes. Algunos de ellos pasaban ofreciendo mezcal. No me gusta el mezcal, entonces me quedé con la cerveza que tenía en la mano. Sin embargo, alguien en mi grupo aceptó y al final del día terminó en una cama con una cubeta al lado, pero esa es otra historia.
 
Como acostumbro, llevaba mi cámara. Tomé varias fotos: de los charros montados en sus caballos, los chinelos con sus sombreros altos y adornados, entre otras. Esperaba a que pasaran los tlacololeros, pues han sido mis favoritos desde que recuerdo. Cuando los vi venir tronando sus chirriones, preparé mi cámara y tomé varias fotografías. Esta fue mi favorita.
 
Cinco años después compré un marco, pero permaneció guardado en mi clóset porque no sabía qué foto enmarcar. Hace poco le pedí a una amiga que me ayudase a elegir una foto para imprimir. Su elección fue la foto del tlacololero, por el hecho de que le cuenta una historia sin palabras y le permite usar su imaginación. A mi me hace recordar la comida, el baile, los colores, las máscaras, las risas, la fiesta y el mezcal, pues ya conozco la historia que hasta hoy tiene.
 
El marco dejó de estar vacío y guardado en el clóset. El tlacololero ha sido impreso y enmarcado, y tiene una historia que continuar.

La mujer de rojo

Hoy, como todos los sábados en la mañana, fui a entrenar kendo. Hicimos las rutinas que hacemos dos a tres veces por semana, seguido de unos treinta minutos de combate. Normal.

Después de entrenar, algunos teníamos mucha hambre (a mi me pasa cada vez), entonces decidimos ir a comer algo. Terminamos yendo a La Chilenita, un restaurante en el este de la ciudad que es famoso por sus empanadas. Una vez vi el lugar, pero no entré, desde entonces he querido probarlo; fue por eso que casi exclamé que sí cuando sugirieron ir ahí. Fuimos, bebí un jarrito de piña y comí un alambre. La salsa no picaba, pero sabía bien. Considerando las circunstancias, fue el mejor alambre que he comido.

Terminé bebiendo un café: un expreso doble alargado, como me gusta. Platiqué un rato y después decidí caminar para estirar las piernas.

Al cabo de un par de cuadras miré a mi izquierda y vi una tienda que llamó mi atención. Pasé unos treinta minutos viendo las ilustraciones que ahí venden. Miré varias con atención, la mayoría eran ilustraciones tipo comic en trabajo original -pueden verse los trazos del bolígrafo sobre el lápiz-, y hubo una en particular a la cual no pude quitarle la mirada. Era una copia de una acuarela (la original fue vendida) de una mujer en un vestido rojo, jalando una silla. En el fondo hay un hombre sentado frente a un piano, viendo a otro, como si platicasen. Es una escena muy colorida, un tanto cotidiana (si se es pianista, supongo) y elegante a la vez. Me gustó mucho.

Continué caminando hasta el lugar donde tomo el camión para regresar a mi casa, con un marco bajo el brazo. Ahora la mujer de rojo está en una de mis paredes, como dijo una amiga: como si siempre hubiese pertenecido ahí.

El árbol y el viejo

Uno de mis lugares favoritos en el DF es San Ángel, en especial los sábados. Un amigo mío vivía ahí, y muchas veces -cuando lo visitaba- fui al mercado de artistas en el parque.

Me gustaba ver las obras que mostraban; como esculturas, pinturas y fotos. Recuerdo una escultura hecha con tapas de plástico derretidas, esqueletos de papel maché vestidos con esmoquin, una pintura caricaturesca de un pollo y la cantina que está a la vuelta.

Entre todos los personajes que ahí se reunían, el que mejor recuerdo es un fotógrafo, cuyo nombre nunca supe. Lo recuerdo como un hombre con barba, lentes, sombrero y cabello cano, muy bohemio el hombre. Me llamaron la atención sus fotos, en especial dos: una de un árbol en un campo y otra de algunas señoras caminando al costado de una carretera. Ambas en blanco y negro y con una luz muy dramática. Con la segunda ganó un premio.

- Esta me gusta -le dije apuntado a la foto del árbol- ¿Cuánto cuesta?

- 700 pesos. Recuerdo cuando la tomé. Estaba mirando la escena y quería hacerla más dramática, entonces cerré el diafragma dos pasos. Después la revelé y la imprimí en mi cuarto obscuro… Ahora con las cámaras digitales pueden hacer lo que quieran en la computadora… No es lo mismo. 

- Pues le quedó muy bien. Me gusta mucho.

- Gracias. Si la pones en un marco  con vidrio antirreflejante, se ve muy chingona.

Es posible que haya continuado la conversación con el fotógrafo, pero eso es lo que recuerdo que dijo. 

No compré la foto, pero aún recuerdo el árbol en el campo y el viejo en la silla.

El ADN es un plano…

Fue con esta frase (o alguna variante) con la que ayer comencé a explicar brevemente qué es el ADN una y otra vez a un total de aproximadamente 130 niños. El domingo marcó el tercer año consecutivo en el cual participo en Exposicence, un evento organizado por mi universidad en el oeste de la isla de Montréal.
 
Varios departamentos forman parte del evento, como ingeniería mecánica, ingeniería en computación, matemáticas, química y biología. Los ingenieros mecánicos muestran sus carros de carreras y modelos de aviones, aquellos de computación muestran los juegos que programaron; los matemáticos confunden a los niños con números y los químicos hacen helado con nitrógeno líquido.

Junto con algunos amigos, yo estaba en la sección de biología. Nuestra exhibición, que recrea una escena de crimen, trata de explicar de manera muy sencilla cómo la ciencia puede ser utilizada para resolver crímenes. El crimen en este caso es la desaparición misteriosa de algunas galletas, y como el lugar está lleno de niños, todos son sospechosos. Aquellos que quieren participar, primero se les explica el crimen y se les culpa de ser sospechosos; algunos lloran y se van, pero otros se someten a la investigación. Después de tomarles una “muestra” de saliva y hacer una “extracción” de ADN, pasan con la segunda persona, quien les explica brevemente qué es el ADN y hace un “experimento”; después pasan con la tercera, quien toma sus huellas digitales; luego con la cuarta, quien les da el resultado de dicho experimento; siguiendo con la quinta, quien compara cabello de la escena con cabello de ellos. Finalmente pasan con la sexta, quien da el veredicto: los niños puede ser libres, pues el culpable es un perro.
 
La edad de los niños varía, desde cuatro hasta unos trece. Una vez tuvimos un papá participando. Es de esperarse que los más pequeños entiendan poco o nada de lo que se les dice, y como resultado están papando moscas. Los mayores entienden con más facilidad y se les puede explicar con más detalle. Pero los interesantes son aquellos que ponen atención a los detalles y hacen preguntas, y responden a las preguntas que les hacemos. Hay niños que he visto las tres veces que he ido, como una niña que lloró la primera vez que culpamos a su hermano; esta vez -su tercera- ella llevó a su hermano.
 
No creo que ni la mitad de los niños que asisten serán científicos cuando sean mayores. Pero no es ese el propósito, sino estmularlos a que piensen y analicen. A mi me divierte, aprendo un poco de algo, incremento mi nivel de paciencia, juego con helio y me subo a carros de carrera.



La señora de los mangos

Nunca supe su nombre, mucho menos su edad. Sólo sabía dónde encontrarla: sentada en la banqueta de la calle Zaragoza, junto a la farmacia San Antonio. Tenía un canasto lleno deliciosos mangos verdes, cada uno con una etiqueta que decía “cómeme”.

Cinco pesos costaba una bolsa con dos mangos rebanados, con la opción de agregar salsa, chile en polvo y jugo de limón recién exprimido. También tenía unos ensartados en palitos de madera para comerlos como paleta. Muchas veces -quizá diario- iba por mi bolsita de mangos. 

Ya me dio hambre. Quiero mangos verdes rebanados y servidos en una bolsa, con salsa y jugo de limón recién exprimido.

Una cerveza, por favor

Hoy estaba pensado que quizá esa es la frase en español mejor conocida por personas no hispanófonas, en especial por quienes han viajado a algún país laitnoamericano. Algunos dicen que es de las más útiles (puedo citar ejemplos), pero yo soy de los que opinan lo contrario. Sin embargo, si tienen la intención de ponerse hasta las chanclas, esta frase es un buen comienzo.

Dado que una cerveza lleva a otra, dos cervezas llevan a un tequila, y one tequila, two tequilas, three tequilas, floor; escribí una lista de cinco frases que considero que los turistas deberían aprender para estar preparados en caso de proferir la frase que esta entrada lleva como título:

1. Auxilio, tengo una emergencia.
2. Pásame la cubeta, rápido.
3. Mi amigo(a) bebió mucho. Por favor ayúdeme y tome el otro brazo.
4. No sé/sabe nadar.
5. ¿En dónde estoy y cómo llegué aquí?

La intensidad en la expresión de estos enunciados depende del grado de urgencia.

Día uno

Ahora está acostado y no se mueve. Sólo me mira y cierra los ojos un poco en señal de sueño. Su pelaje negro fue la razón de su nombre y su energía algo que me agrada, salvo a las seis de la mañana, cuando normalmente quiero dormir. Bruno, mi gato, ha estado conmigo desde febrero. Es agradable, aunque haya veces que no me deja dormir, muda pelo que encuentro por dorquier y deja malos olores en el baño. No hay mucho que puedo hacer por las dos primeras, pero intentaré algo por la tercera. A partir de hoy comenzaré a entrenarlo a usar el WC. Sí, leyeron bien, el WC.

A ver cómo nos va.

Un viejo recuerdo

Este es el baile
de los inditos
cuando llegaba el calor

Con sus huaraches
dan de brinquitos
en las chinampas de flor

Como Doña Petra ya está muy chochita
también la llevaron a la fiestecita

Y como le dieron curado de mango
la pobre viejita bailó como chango

Gabi y Sara

Hace algunos días vi un anuncio que decía que se buscaba alguien para tomar algunas fotos para una compañía de té que pronto tendrá su sitio en internet. Contesté al anuncio y hoy me reuní con las personas que la fundaron. Me explicaron qué es lo que quieren mostrar en las fotos y algunas de sus ideas, yo también compartí las mías. Terminamos al cabo de unos treinta minutos. Son pocas las veces que voy al centro y no quería regresar aún, entonces entré a una tienda sólo para matar tiempo.

Al salir de la tienda una señora se acercó a mí, empujando una carreola donde una niña estaba sentada. La señora se veía de unos cincuenta años y un poco cansada. La niña, de cabello rubio con ojos grandes y azules, quizá tenía unos seis y estaba llena de energía.

- ¿Habla inglés? -me preguntó con un acento muy marcado.

- Sí.

Dijo algo que no entendí muy bien.

- Lo siento, pero no tengo dinero. -le contesté pensando que eso quería.

- No quiero dinero, sino algo de comer para mi hija.

No pude nergárselo. Caminamos hacia un restaurante, ese de los arcos dorados, porque era el más cercano y el más barato. Mientras caminábamos le pregunté cuál es su nacionalidad y el nombre de la niña:

- Soy de Bosnia. Mi hija se llama Sara.

- ¿Y usted?

- Yo soy Gabi.

- Sara tiene muy bonitos ojos.

En ese momento quería tomar una foto, lástima que dejé mi cámara en casa. Llegamos al restaurante y fui a pedir dos número siete mientras ella esperaba con Sara. Se tardaron mucho, pero estaba entretenido viendo y escuchando lo que pasaba; como el señor que regresó las dos hamburguesas que le habían entregado, pues él sólo quería el pan, sin carne ni queso. Me entregaron la orden, pero la regresé porque el número siete es una hamburguesa de pollo, no de pescado. Minutos después me dieron la correcta.

- Discúlpeme, pero tengo que irme -le dije a Gabi mientras le entregaba la orden-. Disfrute.

- Muchas gracias, que Dios lo bendiga.

Nos deseamos un buen día mutuamente. Al lado estaba sentado un señor que vestía un sombrero y lentes, y me miraba como queriendo deducir qué pasaba.

Salí del restaurante con una sonrisa y un buen recuerdo, cargando boxers y zapatos nuevos.