Hoy, como todos los sábados en la mañana, fui a entrenar kendo. Hicimos las rutinas que hacemos dos a tres veces por semana, seguido de unos treinta minutos de combate. Normal.
Después de entrenar, algunos teníamos mucha hambre (a mi me pasa cada vez), entonces decidimos ir a comer algo. Terminamos yendo a La Chilenita, un restaurante en el este de la ciudad que es famoso por sus empanadas. Una vez vi el lugar, pero no entré, desde entonces he querido probarlo; fue por eso que casi exclamé que sí cuando sugirieron ir ahí. Fuimos, bebí un jarrito de piña y comí un alambre. La salsa no picaba, pero sabía bien. Considerando las circunstancias, fue el mejor alambre que he comido.
Terminé bebiendo un café: un expreso doble alargado, como me gusta. Platiqué un rato y después decidí caminar para estirar las piernas.
Al cabo de un par de cuadras miré a mi izquierda y vi una tienda que llamó mi atención. Pasé unos treinta minutos viendo las ilustraciones que ahí venden. Miré varias con atención, la mayoría eran ilustraciones tipo comic en trabajo original -pueden verse los trazos del bolígrafo sobre el lápiz-, y hubo una en particular a la cual no pude quitarle la mirada. Era una copia de una acuarela (la original fue vendida) de una mujer en un vestido rojo, jalando una silla. En el fondo hay un hombre sentado frente a un piano, viendo a otro, como si platicasen. Es una escena muy colorida, un tanto cotidiana (si se es pianista, supongo) y elegante a la vez. Me gustó mucho.
Continué caminando hasta el lugar donde tomo el camión para regresar a mi casa, con un marco bajo el brazo. Ahora la mujer de rojo está en una de mis paredes, como dijo una amiga: como si siempre hubiese pertenecido ahí.
Uno de mis lugares favoritos en el DF es San Ángel, en especial los sábados. Un amigo mío vivía ahí, y muchas veces -cuando lo visitaba- fui al mercado de artistas en el parque.
Me gustaba ver las obras que mostraban; como esculturas, pinturas y fotos. Recuerdo una escultura hecha con tapas de plástico derretidas, esqueletos de papel maché vestidos con esmoquin, una pintura caricaturesca de un pollo y la cantina que está a la vuelta.
Entre todos los personajes que ahí se reunían, el que mejor recuerdo es un fotógrafo, cuyo nombre nunca supe. Lo recuerdo como un hombre con barba, lentes, sombrero y cabello cano, muy bohemio el hombre. Me llamaron la atención sus fotos, en especial dos: una de un árbol en un campo y otra de algunas señoras caminando al costado de una carretera. Ambas en blanco y negro y con una luz muy dramática. Con la segunda ganó un premio.
- Esta me gusta -le dije apuntado a la foto del árbol- ¿Cuánto cuesta?
- 700 pesos. Recuerdo cuando la tomé. Estaba mirando la escena y quería hacerla más dramática, entonces cerré el diafragma dos pasos. Después la revelé y la imprimí en mi cuarto obscuro… Ahora con las cámaras digitales pueden hacer lo que quieran en la computadora… No es lo mismo.
- Pues le quedó muy bien. Me gusta mucho.
- Gracias. Si la pones en un marco con vidrio antirreflejante, se ve muy chingona.
Es posible que haya continuado la conversación con el fotógrafo, pero eso es lo que recuerdo que dijo.
No compré la foto, pero aún recuerdo el árbol en el campo y el viejo en la silla.
Fue con esta frase (o alguna variante) con la que ayer comencé a explicar brevemente qué es el ADN una y otra vez a un total de aproximadamente 130 niños. El domingo marcó el tercer año consecutivo en el cual participo en Exposicence, un evento organizado por mi universidad en el oeste de la isla de Montréal.
Varios departamentos forman parte del evento, como ingeniería mecánica, ingeniería en computación, matemáticas, química y biología. Los ingenieros mecánicos muestran sus carros de carreras y modelos de aviones, aquellos de computación muestran los juegos que programaron; los matemáticos confunden a los niños con números y los químicos hacen helado con nitrógeno líquido.
Junto con algunos amigos, yo estaba en la sección de biología. Nuestra exhibición, que recrea una escena de crimen, trata de explicar de manera muy sencilla cómo la ciencia puede ser utilizada para resolver crímenes. El crimen en este caso es la desaparición misteriosa de algunas galletas, y como el lugar está lleno de niños, todos son sospechosos. Aquellos que quieren participar, primero se les explica el crimen y se les culpa de ser sospechosos; algunos lloran y se van, pero otros se someten a la investigación. Después de tomarles una “muestra” de saliva y hacer una “extracción” de ADN, pasan con la segunda persona, quien les explica brevemente qué es el ADN y hace un “experimento”; después pasan con la tercera, quien toma sus huellas digitales; luego con la cuarta, quien les da el resultado de dicho experimento; siguiendo con la quinta, quien compara cabello de la escena con cabello de ellos. Finalmente pasan con la sexta, quien da el veredicto: los niños puede ser libres, pues el culpable es un perro.
La edad de los niños varía, desde cuatro hasta unos trece. Una vez tuvimos un papá participando. Es de esperarse que los más pequeños entiendan poco o nada de lo que se les dice, y como resultado están papando moscas. Los mayores entienden con más facilidad y se les puede explicar con más detalle. Pero los interesantes son aquellos que ponen atención a los detalles y hacen preguntas, y responden a las preguntas que les hacemos. Hay niños que he visto las tres veces que he ido, como una niña que lloró la primera vez que culpamos a su hermano; esta vez -su tercera- ella llevó a su hermano.
No creo que ni la mitad de los niños que asisten serán científicos cuando sean mayores. Pero no es ese el propósito, sino estmularlos a que piensen y analicen. A mi me divierte, aprendo un poco de algo, incremento mi nivel de paciencia, juego con helio y me subo a carros de carrera.
Nunca supe su nombre, mucho menos su edad. Sólo sabía dónde encontrarla: sentada en la banqueta de la calle Zaragoza, junto a la farmacia San Antonio. Tenía un canasto lleno deliciosos mangos verdes, cada uno con una etiqueta que decía “cómeme”.
Cinco pesos costaba una bolsa con dos mangos rebanados, con la opción de agregar salsa, chile en polvo y jugo de limón recién exprimido. También tenía unos ensartados en palitos de madera para comerlos como paleta. Muchas veces -quizá diario- iba por mi bolsita de mangos.
Ya me dio hambre. Quiero mangos verdes rebanados y servidos en una bolsa, con salsa y jugo de limón recién exprimido.
Hoy estaba pensado que quizá esa es la frase en español mejor conocida por personas no hispanófonas, en especial por quienes han viajado a algún país laitnoamericano. Algunos dicen que es de las más útiles (puedo citar ejemplos), pero yo soy de los que opinan lo contrario. Sin embargo, si tienen la intención de ponerse hasta las chanclas, esta frase es un buen comienzo.
Dado que una cerveza lleva a otra, dos cervezas llevan a un tequila, y one tequila, two tequilas, three tequilas, floor; escribí una lista de cinco frases que considero que los turistas deberían aprender para estar preparados en caso de proferir la frase que esta entrada lleva como título:
1. Auxilio, tengo una emergencia.
2. Pásame la cubeta, rápido.
3. Mi amigo(a) bebió mucho. Por favor ayúdeme y tome el otro brazo.
4. No sé/sabe nadar.
5. ¿En dónde estoy y cómo llegué aquí?
La intensidad en la expresión de estos enunciados depende del grado de urgencia.
Ahora está acostado y no se mueve. Sólo me mira y cierra los ojos un poco en señal de sueño. Su pelaje negro fue la razón de su nombre y su energía algo que me agrada, salvo a las seis de la mañana, cuando normalmente quiero dormir. Bruno, mi gato, ha estado conmigo desde febrero. Es agradable, aunque haya veces que no me deja dormir, muda pelo que encuentro por dorquier y deja malos olores en el baño. No hay mucho que puedo hacer por las dos primeras, pero intentaré algo por la tercera. A partir de hoy comenzaré a entrenarlo a usar el WC. Sí, leyeron bien, el WC.
A ver cómo nos va.
Este es el baile
de los inditos
cuando llegaba el calor
Con sus huaraches
dan de brinquitos
en las chinampas de flor
Como Doña Petra ya está muy chochita
también la llevaron a la fiestecita
Y como le dieron curado de mango
la pobre viejita bailó como chango
Hace algunos días vi un anuncio que decía que se buscaba alguien para tomar algunas fotos para una compañía de té que pronto tendrá su sitio en internet. Contesté al anuncio y hoy me reuní con las personas que la fundaron. Me explicaron qué es lo que quieren mostrar en las fotos y algunas de sus ideas, yo también compartí las mías. Terminamos al cabo de unos treinta minutos. Son pocas las veces que voy al centro y no quería regresar aún, entonces entré a una tienda sólo para matar tiempo.
Al salir de la tienda una señora se acercó a mí, empujando una carreola donde una niña estaba sentada. La señora se veía de unos cincuenta años y un poco cansada. La niña, de cabello rubio con ojos grandes y azules, quizá tenía unos seis y estaba llena de energía.
- ¿Habla inglés? -me preguntó con un acento muy marcado.
- Sí.
Dijo algo que no entendí muy bien.
- Lo siento, pero no tengo dinero. -le contesté pensando que eso quería.
- No quiero dinero, sino algo de comer para mi hija.
No pude nergárselo. Caminamos hacia un restaurante, ese de los arcos dorados, porque era el más cercano y el más barato. Mientras caminábamos le pregunté cuál es su nacionalidad y el nombre de la niña:
- Soy de Bosnia. Mi hija se llama Sara.
- ¿Y usted?
- Yo soy Gabi.
- Sara tiene muy bonitos ojos.
En ese momento quería tomar una foto, lástima que dejé mi cámara en casa. Llegamos al restaurante y fui a pedir dos número siete mientras ella esperaba con Sara. Se tardaron mucho, pero estaba entretenido viendo y escuchando lo que pasaba; como el señor que regresó las dos hamburguesas que le habían entregado, pues él sólo quería el pan, sin carne ni queso. Me entregaron la orden, pero la regresé porque el número siete es una hamburguesa de pollo, no de pescado. Minutos después me dieron la correcta.
- Discúlpeme, pero tengo que irme -le dije a Gabi mientras le entregaba la orden-. Disfrute.
- Muchas gracias, que Dios lo bendiga.
Nos deseamos un buen día mutuamente. Al lado estaba sentado un señor que vestía un sombrero y lentes, y me miraba como queriendo deducir qué pasaba.
Salí del restaurante con una sonrisa y un buen recuerdo, cargando boxers y zapatos nuevos.